Ya es un hecho, el mes de diciembre comienza hoy y con él llega la emoción de la navidad. Usualmente me la paso diciendo por ahí que no me gustan estas fechas, y es cierto, y al mismo tiempo no lo es. Sucede que la navidad que a mi me gusta no es la misma que celebra la mayoría de la gente. Para mi estas fiestas deben estar llenas de reconciliaciones sinceras, de reencuentros, de dar con todo el corazón… más que regalos, sentimientos. Compartir lo que somos, lo que tenemos… lo que nos falta, lo que sabemos que va a hacer felíz a alguien más…
Es por eso que, al ver a la gente matándose en los centros comerciales por los estrenos, los regalos y cuánta cosa se les atraviese en el camino, me da una tristeza muy parecida a la indignación. ¿Acaso se les olvidó de que se trata todo esto de la navidad? No es de gastar todo lo que se tiene, y hasta lo que no, para luego estar en enero pidiendo prestado para pagar las cuentas… no es entregar regalos por compromiso, ni estrenar a juro porque “en la familia es tradición”… es detenerse un par de instantes, mirar a nuestro alrededor y pensar en los que no tienen tanto, o los que necesitan más, que no es lo mísmo… no se confundan, a veces están más cerca de lo que creemos y entre una cosa y otra no los logramos distinguir, o en el peor de los casos, ni siquiera nos interesa. Navidad es tiempo de eso justamente, de ver en que podemos ayudar a los que nos rodean, darles con el corazón lo que podamos con la alegría infinita de sabernos hijos amados de Dios.











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