Una vez escuché a un sacerdote decir que la mayoría de la gente no sabía pedir. Es cierto, piénsenlo bien, nunca hemos sabido pedir y los errores siempre han sido los mísmos.
El primer error, y que vamos cometiendo a medida que nos hacemos adultos, es no pedir simplemente lo que queremos. “Diosito, yo se que Tú estás ocupado, y capaz que no tienes tiempo de escucharme, además que tu sabes que bueno… a veces yo, osea es que… bueno es que yo quisiera pedirte ‘tal cosa’, para cuando puedas, pero que sea lo más pronto posible”… ya va, a ver, ¿cómo se supone que alguien nos puede tomar en serio, o por lo menos no aburrirse con semejante retórica?… hay que ser directos, claros y sencillos, como cuando eramos niños, “papi yo quiero esto”… no importaba si la tienda estaba cerrada, si había el dinero, si esto o lo otro… simplemente decíamos lo que queríamos, y ya.
El segundo error es tan común como el primero, pero incluso pienso que peor. Pedimos dudando. Cómo si la manera en la que se resuelva la solicitud es nuestro problema. No, no es así. Cuando nos sentamos en un restaurante y escogemos un plato de la carta, se lo indicamos al mesonero, y nos olvidamos de el hasta que nos lo sirven. No nos preocupa que ollas usaron, que tan grandes eran los ajos o que tan madrugador es el chef encargado de los postres… y no nos preocupamos, porque sabemos que ese no es nuestro asunto. Y entonces, cuando pedimos algo para nuesrtro corazón, nos da por darle la vuelta tratando de descubrir como podría lograrse. Se trata de pedir sin intentar razonar nada, que si ha de llegar llegará, sin importar de que manera.
El tercer error es el más grave. No sabemos que pedir. Asumimos erroneámente que lo que deseamos siempre es lo mejor para nosotros. Se acordarán del proverbio chino que dice “Cuidado con lo que deseas porque a lo mejor lo consigues”… pues se trata de eso. ¿Cúantas veces no se nos cumplen deseos que luego lamentamos? Sin ir más lejos, sucede que a veces quieres pasar toda tu vida al lado de una persona y a medida que el tiempo pasa, esa persona deja de parecerse a aquella con la que querías compartir tantas cosas. ¿Ves? realmente no era eso lo que querías, o por lo menos, no lo que necesitabas. Algo bueno en un momento, no significa que sea bueno siempre. No siempre lo que deseamos es lo que necesitamos realmente.
Debemos pedir lo mejor para nosotros, así, claramente y con la seguridad de que nos será concedido lo que más nos convenga. No etiquetemos los deseos. Dios, el destino o como prefieras llamar a lo que mueve los hilitos de la vida, siempre que los dejamos actuar, nos llevarán por buen camino. Pidamos entonces, que sepamos cuándo detenernos o cambiar de dirección; que no nos perdamos en la realidad distorcionada producto más del anhelo que del sentimiento; que nuestro razonamiento siempre sea en pro de nuestro corazón; que nuestra dignidad como persona esté siempre resguardada por el respeto propio; y que queramos ver lo positivo, las señales, las alertas que el día a día nos muestra sin parar… que queramos ver, simplemente. Si pedimos algo en concreto que no se nos olvide decir… “…Diosito Tú más que nadie sabes que yo quiero “tal cosa”, igual yo acepto tu voluntad, porque se que siempre querrás lo mejor para mi”…











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