Archivos para 22 enero 2010

Sin duda, ésto también pasará…

Siempre me ha gustado compartir contigo todo lo que me toca el alma de alguna manera. Lo que te traigo hoy, quizás es un poquito largo, pero vale la pena leerlo. Te deja pensando… ojalá te guste tanto como a mi.

Una antigua leyenda cuenta que un famoso rey decidió reunir a sus principales sabios y eruditos en un conclave para solicitarles un favor.
-Acabo de traer un gran anillo de mi última conquista –dijo el monarca- es muy valioso y además me da la posibilidad que puedo guardar algo más valioso aun, en su interior. Necesito que ustedes, al final del día, me den una frase que sea lo mas sabio que ningún mortal haya escuchado jamás. Quiero que arriben a una conclusión de sabiduría y luego lo escriban en un papel diminuto. Luego, yo guardaré esa frase en mi anillo. Y si algún día, el infortunio permitiera que me encuentre en medio de una crisis muy profunda, abriré mi anillo y estoy seguro que esa frase me ayudará en el peor momento de mi vida.
Así que los sabios pasaron el resto del día debatiendo cual sería esa frase que resumiría toda la sabiduría que ningún humano había oído jamás. Cuando cayó la noche, uno de los eruditos del reino, en representación de todos los demás, se acercó al rey con una frase escrita en un pequeño papel.
-Aquí esta, su Majestad. Solo tiene que guardarlo en su anillo y leerlo en caso que una gran crisis golpee su vida y su reino.
El monarca guardo el papel en su anillo y se olvidó del tema.
A los pocos años, el reino era saqueado por los enemigos y el palacio reducido a escombros. El rey logró escapar entre las sombras y se ocultó entre unas rocas, en las afueras de su devastada corte. Allí, observando un precipicio, consideró la posibilidad de quitarse la vida arrojándose al vacío, antes de caer en manos enemigas. Fue cuando recordó que aun conservaba el anillo, decidió abrirlo, desenroscó el diminuto papel y leyó: “Esto también pasará”. El rey sonrió en silencio, y cobró animo para ocultarse en una cueva, en medio de la oscuridad, hasta que ya no corriera peligro.

La leyenda dice que veinte años después, el rey había recuperado todo su esplendor, a fuerza de nuevas batallas y conquistas. El trago amargo había quedado atrás, y ahora regresaba triunfante de la guerra, en medio de vítores y palmas de una multitud que no dejaba de ovacionarlo. Uno de los antiguos sabios que caminaba al lado del carruaje real, ya anciano, le susurró al rey:

-Su majestad, creo que hoy también debería volver a mirar el interior de su anillo.
-Ahora? Para que habría de hacerlo? No estoy en medio de una crisis, sino todo lo contrario –replico el rey.
-Es que esa frase no solo fue escrita para los momentos difíciles, sino también para cuando crea que todo lo bueno pareciera que ha de perdurar por la eternidad.
El rey, en medio de los aplausos, abrió el anillo y volvió a leer: “Esto también pasará”, y descubrió en ese mismo instante, que sentía la misma paz que tuvo cuando estaba a punto de quitarse la vida. El mismo sosiego, la misma mesura lo invadió por completo. Aquel día descubrió que la frase que los sabios le habían entregado era para leerla en las derrotas y por sobre todo, en los tiempos de victoria.

Yo lo que quiero es saber pedir…

Una vez escuché a un sacerdote decir que la mayoría de la gente no sabía pedir. Es cierto, piénsenlo bien, nunca hemos sabido pedir y los errores siempre han sido los mísmos.

El primer error, y que vamos cometiendo a medida que nos hacemos adultos, es no pedir simplemente lo que queremos. “Diosito, yo se que Tú estás ocupado, y capaz que no tienes tiempo de escucharme, además que tu sabes que bueno… a veces yo, osea es que… bueno es que yo quisiera pedirte ‘tal cosa’, para cuando puedas, pero que sea lo más pronto posible”… ya va, a ver, ¿cómo se supone que alguien nos puede tomar en serio, o por lo menos no aburrirse con semejante retórica?… hay que ser directos, claros y sencillos, como cuando eramos niños, “papi yo quiero esto”… no importaba si la tienda estaba cerrada, si había el dinero, si esto o lo otro… simplemente decíamos lo que queríamos, y ya.

El segundo error es tan común como el primero, pero incluso pienso que peor. Pedimos dudando. Cómo si la manera en la que se resuelva la solicitud es nuestro problema. No, no es así. Cuando nos sentamos en un restaurante y escogemos un plato de la carta, se lo indicamos al mesonero, y nos olvidamos de el hasta que nos lo sirven. No nos preocupa que ollas usaron, que tan grandes eran los ajos o que tan madrugador es el chef encargado de los postres…  y no nos preocupamos, porque sabemos que ese no es nuestro asunto. Y entonces, cuando pedimos algo para nuesrtro corazón, nos da por darle la vuelta tratando de descubrir como podría lograrse. Se trata de pedir sin intentar razonar nada, que si ha de llegar llegará, sin importar de que manera.

El tercer error es el más grave. No sabemos que pedir. Asumimos erroneámente que lo que deseamos siempre es lo mejor para nosotros. Se acordarán del proverbio chino que dice “Cuidado con lo que deseas porque a lo mejor lo consigues”… pues se trata de eso. ¿Cúantas veces no se nos cumplen deseos que luego lamentamos? Sin ir más lejos, sucede que a veces quieres pasar toda tu vida al lado de una persona y a medida que el tiempo pasa, esa persona deja de parecerse a aquella con la que querías compartir tantas cosas. ¿Ves? realmente no era eso lo que querías, o por lo menos, no lo que necesitabas. Algo bueno en un momento, no significa que sea bueno siempre. No siempre lo que deseamos es lo que necesitamos realmente.

Debemos pedir lo mejor para nosotros, así, claramente y con la seguridad de que nos será concedido lo que más nos convenga. No etiquetemos los deseos. Dios, el destino o como prefieras llamar a lo que mueve los hilitos de la vida, siempre que los dejamos actuar, nos llevarán por buen camino. Pidamos entonces, que sepamos cuándo detenernos o cambiar de dirección; que no nos perdamos en la realidad distorcionada producto más del anhelo que del sentimiento; que nuestro razonamiento siempre sea en pro de nuestro corazón; que nuestra dignidad como persona esté siempre resguardada por el respeto propio; y que queramos ver lo positivo, las señales, las alertas que el día a día nos muestra sin parar… que queramos ver, simplemente. Si pedimos algo en concreto que no se nos olvide decir… “…Diosito Tú más que nadie sabes que yo quiero “tal cosa”, igual yo acepto tu voluntad, porque se que siempre querrás lo mejor para mi”…

Un amor bonito y de colores

La verdad es que se ha escrito tanto sobre el amor, que aunque siento necesidad de explicarles un poco lo que significa para mi, estoy segura que no diré nada nuevo. No, no estoy despechada, solo quiero dar mi opinión personal sobre uno de los temas de los que más se hablado desde que el mundo es mundo.

Empiezo por dejar claro que creo en el verdadero amor. Ese amor que te estremece; que te quita el sueño; que es capaz de detener todo a tu alrededor en la eterna brevedad de un instante; que te arropa el alma con la helada calidez de una caricia; que te llena de vida y de luz; que te regala el mundo porque le encanta que estés en el. Hablo de un amor que nunca duele; que no te llena de dudas, que respeta lo que eres, que considera lo que sientes, que valora lo que entregas, que lucha por hacerte feliz, que se sacrifica encantado, que da sin sacar cuentas, que no manipula para tenerte cerca, que no es egoista y te deja ser.

Ese amor existe, aún no he tenido la bendición de vivirlo, pero lo he visto muy de cerca y siempre me maravilla. Ese amor que te describo, es un amor puramente noble. Un amor que jamás se arriesgaría a perderte por estar jugando con fuego; que te empuja a que seas mejor persona; que te cuida; que sufre al verte llorar; que te protege hasta de ti mismo; que no te miente mirándote a los ojos… simplemente un amor bonito y de colores…

No fue ni a propósito, ni con mala intención…

Está empezando el 2010. Pasaron las fiestas. Todavía son días llenos de buenos propósitos, de esperanza y del ánimo de que todo va a resultar mejor. Sin embargo, para mi ha sido un inicio de año  bastante particular. Empezó haciéndome ver que había estado cometiendo un gran error. Siempre he tratado de ser una buena persona con la gente que yo quiero con todo mi corazón, con todos y cada uno de mis entrañables, como los llamo yo. Me he resistido a cuestionar más allá de una opinión, a quienes se, que son muy importantes en mi vida. No había habido día en el que no me sintiera orgullosa de hacer todo lo posible para estar ahí, justo donde me necesitaran con los brazos abiertos y luciendo la mejor sonrisa.

Todo en la vida se trata de causas y efectos. De decisiones y consecuencias. Yo tomé una mala decisión, una muy mala; y aunque fue a voluntad y medianamente conociendo a lo que me enfrentaba, me ha tenido un poco devastada estos últimos días. No fue ni a propósito ni con mala intención; pero las consecuencias las estoy empezando a pagar con mi propia conciencia. Uno aprende de los errores, y eso es bueno, lo se. Sin embargo, el temor a que no haya tiempo de arreglar las cosas antes de que tengas que pagar un alto precio, da muchisimo miedo. El que me arrastre una situación de la que no supe salirme a tiempo y deje de ser buena persona para mucha gente, aunque todo haya sido en nombre de una profunda amistad, no es un panorama con el que alguien quiera enfrentarse alguna vez.  Y es que hay instantes dentro de algunos contextos, en los que la intención haya sido buena o mala, carece de sentido y de importancia.

Yo había empezado este 2010 con un sólo propósito, uno muy personal. En estos casos funciono mejor con cifras mínimas y honestas. Hoy, debido a toda la tristeza y la vergüenza que estoy sintiendo desde que comenzó el año, me atrevo a plantearme un propósito más, medir mis acciones, pensando a cada momento que todo lo que decides en la vida, está lleno de consecuencias y que no todas son buenas, y que hay unas que por todos los medios siempre vas a querer evitar, aunque casi nunca lo logres.


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