No deberíamos, pero la verdad es que, sin darnos cuenta, nos pasamos la vida explicándole a los demás cada palabra que decimos y cada silencio que guardamos; como si fuese nuestra obligación hacer que los demás entendieran cada cosa que hacemos, nos lo pregunten o no. Sin embargo, por un lado nos quejamos de tener que explicarlo todo, y por el otro caemos en el error de querer que nos lo expliquen a nosotros.
Es justo en esos momentos de preguntas y respuestas, o simplemente esos instantes llenos de explicaciones sin ton ni son, donde peligrosamente tocamos ese límite pequeñito que hay entre las excusas y las razones, que no son lo mismo, ni se escriben igual. Las primeras se dan para quedar bien, las segundas no.
Excusa es aquello que sin ser necesariamente mentira, tampoco es verdad. Es lo que sucedió y que simplemente no nos interesó evitar. Razón, por otro lado, es aquello que pasó y que no supimos prevenir. Las excusas se conciben o exageran, las razones se viven y se lamentan.
Lo triste de todo esto es que, entre tanta explicación de aquí para allá, se nos olvida que cada quien tiene sus motivos, a los que siempre considera válidos, para hacer lo que hace, para decir lo que dice o simplemente para no hacer nada y quedarse en silencio. Se nos pasa por alto que no necesitamos de la aprobación de nadie para avanzar, solo del apoyo, y que cada cabeza es un mundo y que por eso nadie nos debe una explicación, a menos que haya un daño o una decisión que nos implique; y de no ser así, nosotros tampoco le debemos una explicación a nadie.
Vivamos como si lo único que importara es lo que opinamos nosotros, de nosotros mismos. Escuchémos consejos y tomemos solo aquellas partes con las que estamos de acuerdo. No demos excusas, ni pretendamos convencer a nadie con nuestras razones. Que cada quien viva su vida, porque nadie puede hacerlo por alguien más.














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