Cada cabeza es un mundo

No deberíamos, pero la verdad es que, sin darnos cuenta, nos pasamos la vida explicándole a los demás cada palabra que decimos y cada silencio que guardamos; como si fuese nuestra obligación hacer que los demás entendieran cada cosa que hacemos, nos lo pregunten o no. Sin embargo, por un lado nos quejamos de tener que explicarlo todo, y por el otro caemos en el error de querer que nos lo expliquen a nosotros.

Es justo en esos momentos de preguntas y respuestas, o simplemente esos instantes llenos de explicaciones sin ton ni son, donde peligrosamente tocamos ese límite pequeñito que hay entre las excusas y las razones, que no son lo mismo, ni se escriben igual. Las primeras se dan para quedar bien, las segundas no.

Excusa es aquello que sin ser necesariamente mentira, tampoco es verdad. Es lo que sucedió y que simplemente no nos interesó evitar. Razón, por otro lado, es aquello que pasó y que no supimos prevenir. Las excusas se conciben o exageran, las razones se viven y se lamentan.

Lo triste de todo esto es que, entre tanta explicación de aquí para allá, se nos olvida que cada quien tiene sus motivos, a los que siempre considera válidos, para hacer lo que hace, para decir lo que dice o simplemente para no hacer nada y quedarse en silencio. Se nos pasa por alto que no necesitamos de la aprobación de nadie para avanzar, solo del apoyo, y que cada cabeza es un mundo y que por eso nadie nos debe una explicación, a menos que haya un daño o una decisión que nos implique; y de no ser así, nosotros tampoco le debemos una explicación a nadie.

Vivamos como si lo único que importara es lo que opinamos nosotros, de nosotros mismos. Escuchémos consejos y tomemos solo aquellas partes con las que estamos de acuerdo. No demos excusas, ni pretendamos convencer a nadie con nuestras razones. Que cada quien viva su vida, porque nadie puede hacerlo por alguien más.

¡ajá!.. miedo, ¿pero miedo a qué?

Ilustración: Carolina Farías

Siempre he considerado que si la envidia es tremendamente mala, el miedo tal vez, lo es aún más. La primera no permite que disfrutes de lo que eres y de lo que tienes; el segundo no te deja ser , ni lograr… Con temor, hasta la más sencilla de las “luchas” se convierte en una infinita cuesta arriba.
El miedo paraliza, te hace tomar las peores decisiones, te nubla el entendimiento y no permite que formes parte activa de tu propia vida. Pero ya va, ¿miedo a qué?… si cerramos los ojos por unos momentos, tratando de detectar la raíz de nuestros temores, nos iremos tropezando con mieditos tan tontos, en serio. Saca la cuenta de todos los temorcitos que prenden las alarmas tantas veces al día y de los que, nos vamos dando cuenta que tan absurdos han sido, transcurrido el momento. Está claro que como seres humanos que somos, lo natural es que sintamos miedo; de hecho el miedo instintivo, es una de las herramientas de la responsabilidad y el sentido común.
Nos toca entonces hacer una tareita diaria. Cuando surja en nuestra mente (porque quiero que sepan que es ahí donde se forman los miedos mas inútiles) algún temor de esos que nos aceleran el pulso, que nos cierran la creatividad y nos pone a pensar en lo peor; vamos a tomarnos un par de minutos como mucho y hagámonos preguntas tipo ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Podré vivir con eso? ¿Lo recordaré toda mi vida con la importancia que le doy ahora?
Probablemente cuando vayamos por la segunda pregunta, ya nos será fácil reconocer la naturaleza de ese temor, e inevitablemente se habrá convertido en una soberana tontería en la que seguramente no volverás a pensar de la misma forma.
Por eso es que vuelvo a preguntarme, ¡ajá!.. miedo, ¿pero miedo a qué?

Todo Llega Para Quién Sabe Esperar…

Siempre conoces gente así. A veces eres alguien así. Lo cierto es que hay muchas personas que más que anhelar o luchar por lo que quieren, andan por ahí como enloquecidas y desesperadas tratando de encontrar a juro lo que consideran deben tener de inmediato. Es cuestión de saber que todo en la vida tiene tiene su justo momento. Se debe luchar por alcanzar los objetivos más sencillos, las metas más optimistas, incluso hasta los sueños… pero jamás deben forzarce ni la manera, ni los tiempos.

Cuando estudiaba, conocí a un par de compañeros que tomaban cada semestre el doble de materias, sólo porque según ellos, entre más rápido se graduaran y empezaran a trabajar, mejor. Los veías corriendo siempre de un salón a otro, nerviosos, con ojeras como mapaches y siempre que podían subestimándonos a los demás por el tiempo que ibamos a tardar en obetener el título. Pasados casi dos semestres bajo éste estricto horario, uno de ellos dejó de ir a clases de repente. Luego nos enteramos que estaba trabajando en una venta de equipos de sonido para carros. Al poco tiempo, cansado y derrotado, y con materias sin aprobar o malas notas, el otro se retiró, argumentando que esa carrera  no le gustaba después de todo. Casi nadie le creyó, era obvio que su plan maestro de adelantarse a las cosas no había funcionado.

También he conocido y que conste, desde que era muy pequeña, a las típicas mujeres con el síndrome de Susanita de Mafalda. Las que ven en cada par de pantalones que se le atraviesa, un novio/esposo/padre de sus hijos. Esas son las peores, andan por ahí, tratando de conocer hombres a toda costa, evaluándolos e indignadas si según ellas, ellos van “como lento” o simplemente no se manifiestan según lo esperado. Ese tipo de mujeres detectan las señales que quieren ver y de ahí se agarran para exigir desiciones, fechas, y hasta el nombre de los hijos. Las ves angustiadas, tensas y siempre a la expectativa.

Aclaro que, en honor a la verdad, nunca he tenido una amiga así, he conocido a unas cuantas, pero no soportaría ni siquiera ir a tomarme un postre con alguien que vea la vida de esa manera. Si yo siendo mujer detesto a quienes son así, no puedo imaginarme lo que puede sentir un hombre ante semejante especimen.

En mi opinión, no se trata de no luchar, se trata de no forzar, de no anticiparse. Las cosas que son para uno, sean de la naturaleza que sea, siempre llegarán en el momento justo, ni antes ni después. Cuando sucedan sentirás que fué justo en el mejor momento.

Con Licencia Para Volar

Nos ha pasado a todos en la vida más de una vez. Sucede que, sin predecirlo, te paras un día a la mitad de cualquier instante, y empiezas a cuestionarte un montón de cosas y sabes que de nada vale preguntarle a alguien, porque todas las respuestas para bien o para mal, las tienes sólo tú. Es justo en ese momento cuando el tema pasa a ser… ¡ajá! ¿y ahora por dónde empiezo?…

Te da por observar a tu alrededor, buscando algo que te de una especie de pista. Está bien que tengas todas las respuestas pero necesitas algo que active el orden dentro del caos. Ese caos lleno de imagenes y sensaciones revueltas e imprecisas que giran en tu conciencia sin parar. La gente no parece darse cuenta que andas en una especie de autoexámen, y si se da, entonces es obvio que no le importa. Quieres estar solo, que nadie te pida nada, que nadie te de soluciones simplistas ni ejemplos que no vienen al caso… quieres que la gente entienda, pero al mismo tiempo, no te la gana de explicar. Nunca ha sido fácil eso de ponerse en los zapatos de alguien más, así sea por un momento; nunca lo ha sido, nunca lo será.

Pero poco a poco empiezas a ordenar y a repararlo todo. A pesar del ruido que hace el día a día la voz que cuenta es la tuya, porque nadie sabe de ti más que tú. Y a medida que van surgiendo las respuestas, empiezas a sentir una especie de alivio, de entereza, hasta de orgullo. No era tan malo como te imaginabas. Y una vez más, pareciera que el cielo se viste de azulito solo para ti. Que esa realidad/problema que te incomoda dentro del zapato, aunque no esté resuelta, la puedes manejar. Y te pones tus alas, esas que están hechas de todo lo bonito que has hecho en tu vida, de todo el amor que has dejado por ahí, de todas las sonrisas que diste y recibiste, de todo lo que sueñas convencido de que se hará realidad… y justo en ese instante y con toda la ilusión del mundo te encaramas de nuevo en lo más parecido a una esperanza infinita, dispuesta a salir otra vez a volar.

Sin duda, ésto también pasará…

Siempre me ha gustado compartir contigo todo lo que me toca el alma de alguna manera. Lo que te traigo hoy, quizás es un poquito largo, pero vale la pena leerlo. Te deja pensando… ojalá te guste tanto como a mi.

Una antigua leyenda cuenta que un famoso rey decidió reunir a sus principales sabios y eruditos en un conclave para solicitarles un favor.
-Acabo de traer un gran anillo de mi última conquista –dijo el monarca- es muy valioso y además me da la posibilidad que puedo guardar algo más valioso aun, en su interior. Necesito que ustedes, al final del día, me den una frase que sea lo mas sabio que ningún mortal haya escuchado jamás. Quiero que arriben a una conclusión de sabiduría y luego lo escriban en un papel diminuto. Luego, yo guardaré esa frase en mi anillo. Y si algún día, el infortunio permitiera que me encuentre en medio de una crisis muy profunda, abriré mi anillo y estoy seguro que esa frase me ayudará en el peor momento de mi vida.
Así que los sabios pasaron el resto del día debatiendo cual sería esa frase que resumiría toda la sabiduría que ningún humano había oído jamás. Cuando cayó la noche, uno de los eruditos del reino, en representación de todos los demás, se acercó al rey con una frase escrita en un pequeño papel.
-Aquí esta, su Majestad. Solo tiene que guardarlo en su anillo y leerlo en caso que una gran crisis golpee su vida y su reino.
El monarca guardo el papel en su anillo y se olvidó del tema.
A los pocos años, el reino era saqueado por los enemigos y el palacio reducido a escombros. El rey logró escapar entre las sombras y se ocultó entre unas rocas, en las afueras de su devastada corte. Allí, observando un precipicio, consideró la posibilidad de quitarse la vida arrojándose al vacío, antes de caer en manos enemigas. Fue cuando recordó que aun conservaba el anillo, decidió abrirlo, desenroscó el diminuto papel y leyó: “Esto también pasará”. El rey sonrió en silencio, y cobró animo para ocultarse en una cueva, en medio de la oscuridad, hasta que ya no corriera peligro.

La leyenda dice que veinte años después, el rey había recuperado todo su esplendor, a fuerza de nuevas batallas y conquistas. El trago amargo había quedado atrás, y ahora regresaba triunfante de la guerra, en medio de vítores y palmas de una multitud que no dejaba de ovacionarlo. Uno de los antiguos sabios que caminaba al lado del carruaje real, ya anciano, le susurró al rey:

-Su majestad, creo que hoy también debería volver a mirar el interior de su anillo.
-Ahora? Para que habría de hacerlo? No estoy en medio de una crisis, sino todo lo contrario –replico el rey.
-Es que esa frase no solo fue escrita para los momentos difíciles, sino también para cuando crea que todo lo bueno pareciera que ha de perdurar por la eternidad.
El rey, en medio de los aplausos, abrió el anillo y volvió a leer: “Esto también pasará”, y descubrió en ese mismo instante, que sentía la misma paz que tuvo cuando estaba a punto de quitarse la vida. El mismo sosiego, la misma mesura lo invadió por completo. Aquel día descubrió que la frase que los sabios le habían entregado era para leerla en las derrotas y por sobre todo, en los tiempos de victoria.

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